Desconocidos

Desde aquel parque se podía llegar a cualquier sitio. La condición para el viaje era sabe nadar en el océano de una pupila verde. Sin carta de navegación, la única ruta posible era una caricia. Un gesto antiguo, tan antiguo como la huerta que sostenía la tarde. A la deriva, un deseo adolescente, sin historia, trepaba la copa de los pinos. Dos desconocidos parecían mirarse en mitad de la vida.

Comienzo

Y aquí estamos de nuevo, mi cuerpo y yo
Valorando si el tronco que ha arrojado el mar es, contra todo pronóstico, un navío para escalar el firmamento.
Si allá arriba están temblando las estrellas, de miedo o de emoción
Si hay un lugar aún en la luna para acogernos
¿Son de ida y vuelta los billetes que guardo en el bolsillo?
¿A qué hora sale el último tren?
Disculpe señorita: no hay última estación en el trayecto
Y en el andén, un hombre serio, de ojos verdes, la está mirando.


Edad

Es una sensación extraña, observar la vida
reconocer la propia sombra
siempre en tránsito
siempre de mudanza
Y admitir, contra todo pronóstico,
que es real la nostalgia
pero no existe la muerte en vida,
sólo la muerte

Mujer pájaro

El precio de aprender a volar es perder el pie

El primer viaje es un abismo,
pero tiene fin, sales planeando,
chopada en el sudor de tus lágrimas
con la angustia pegada a los talones
con el rumbo desesperado escrito en la mirada
agotada, minúscula,
inmensamente triste

Ya nunca serás la misma
has aprendido a volar

Funanbulistas

Nuestro punto de encuentro es tan delgado como una cuerda floja. Y sobre ella caminamos muy lentamente. Con la tranquilidad de quien sabe que caerá de nuevo al cómodo vacío de uno mismo, al menor traspiés. Con la atención que exige el equilibrio. 

Cuenta atrás

Estamos esperando que descargue la tormenta, pero no quiere deshacerse el cielo…Sólo cuatro gotas sin desgarro engañan a la noche. También la lluvia tiene la mirada fija del verano. La cuenta atrás ha empezado…y ya casi puedo escuchar el mar

Intimidad de clase

Es una intimidad sin palabras la que tenemos Paolo, Daniel y yo. Ellos son los camareros de bar que hay bajo de casa. Paolo es italiano y Daniel búlgaro. Son buenos profesionales. Nos vemos todos los días una y mil veces. A ellos les hace gracia mi solitario ir y venir. A mi me hace gracia su saludo siempre disponible. En ese encuentro breve que es nuestro primer saludo del día, el que anuncia unos 80 más, casi se nos escapa la carcajada burlona de los invencibles. Es como si a coro afirmáramos: “aquí estamos un día más para hacerle frente a lo que venga. Y que se fastidien los grises y los malhumorados”. Yo desayuno allí de vez en cuando, un hora después de nuestro primer saludo, pero la nuestra no es una relación camarero-cliente. Hay un aprecio verdadero entre nosotros, una amistad tejida sin palabras. Y sé hasta que punto somos amigos íntimos porque sabemos leer la gravedad en nuestras caras y nos importa lo que vemos. Ellos adivinan mi estado de ánimo cuando tengo un día de los más difíciles. Yo supe cuando Daniel se quería morir, porque se había muerto su padre, y casi se avergonzaba de no poder esconder la tristeza en su semblante. Y se relajó cuando con naturalidad le pregunté: ¿qué te pasa? Daniel ya ha salido del agujero pero hoy he leído el gesto extremo en el rostro de Paolo. Me ha impresionado porque él es una de las personas más alegres y animosas que me cruzo cada día. “No me lo cuentes, no hace falta, pero no me engañas” le he dicho con una sonrisa comedida y cómplice. Y el ha sacado fuerzas de donde no tenía y me ha contestado: “gracias”. Me ha dado las gracias por que yo me he atrevido a reconocer su sufrimiento. Lo mismo que ocurrió con Daniel. Y esa era la confirmación de que lo nuestro va más allá de la sonrisa detrás dela barra. En este mundo del hedonismo veloz donde la gente escapa de la tristeza y de los problemas de los otros como de la tiña, a Paolo ese reconocimiento le basta. A mi también me basta cuando ellos me miran con cara de saber que hoy no es un buen día. Al final he concluido que lo nuestro no es sólo una intimidad sin palabras, es una intimidad de clase: sonreímos con el aguante de los de abajo, con la entereza de los que no lloramos más que cuando ya es inevitable. Espero ver mañana la cara de Paolo, remontando la tristeza. Discretamente, como tantos otros.